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Biografía dental: de la amalgama al implante dental
– Narración personal
Por Marcela Bela
Tengo una dentadura perfecta, hermosa sonrisa blanca y brillante,
de la cual estoy muy orgullosa y con la cual puedo comer sin
problemas, sin movimientos raros ni dolor. Eso se lo debo
a toda la paciencia y dedicación que he tenido durante
toda mi vida con su cuidado, comenzando con la ortodoncia,
hasta los implantes dentales, última maravilla del
mundo odontológico moderno.
Desde chica tuve problemas con mi dentadura, mi primer dentista
dijo que mi boca era un desastre: dientes torcidos, bruxismo,
espacio interdental, caries, sensibilidad en los dientes,
todos problemas para pensar en una dentadura completa a lo
largo de los años, eso significaba muchas visitas al
dentista para cuidarlos; en ese entonces ni se pensaba que
podían existir los implantes dentales.
A los diez años, mis dientes crecían torcidos,
eso queda feo en una niña, decía mi madre, la
dentadura debe ser perfecta, blanca y brillante y hay que
cuidarlos mucho con la limpieza y no usarlos como pinza o
tijera por que una vez que se pierden ya no hay reemplazo.
Ella no sabía que con los años se iban a poder
reemplazar por implantes dentales.
Quien no ha visitado al dentista para curar una simple muelita
cariada. El encantador ruido del torno en la boca, el cemento
dental y su característico gusto, el temido pinchacito
de anestesia y la hermosa obra de arte final, una gris amalgama
donde antes había un dientecito bien blanquito.
Luego los aparatos, brackets y cualquier invento similar
para enderezar dientes. Creo que todos nacemos con los dientes
torcidos, no hay ortodoncista que encuentre los dientes derechitos,
siempre algo está torcido, no hay lugar para los nuevos
dientes o descubren que se sufre de bruxismo.
Por supuesto yo tenía todo. Para el bruxismo la almohadilla
para dormir, también hay que hacer lugar para ese dientecito
que va a salir y más brackets para enderezar el canino
que salió hacia fuera. No vaya a ser cosa de parecer
Drácula.
Después de tener a mis hijos, por supuesto hice honor
al dicho un diente por cada hijo.
Caries inmensas provocaron tremendos boquetes en mis muelas,
dignos de un meteorito.
La primera indicación de mi dentista fue tratamiento
de conducto, que horror esto, la boca abierta por una hora,
la mano del endodoncista tironeando del nervio dentro de mi
boca, quería fundirme con el sillón y desaparecer.
Pero lo superé, más que superar lo soporté.
Pero salí airosa con mi muelita sin nervio.
Entonces en vista de tal perforación el dentista dijo:
hay que poner un perno y corona.
Qué lindo suena, pero a cuantas sesiones de prueba
y ajuste primero del perno y luego de la corona asistí
valientemente para tener mi nuevo diente, raíz propia
pero con decorado ajeno. Años más tarde, tendría
que reemplazarlo por un implante dental.
Unos años después tuve otro rally odontológico,
esta vez el dentista dijo la palabrita mágica: láser,
no duele, es rápido y bien duradero. Quien no adora
un dentista así?
Me encanta comer los cítricos directamente de la fruta,
mordiendo la pulpa dentro de la media naranja, limón
o pomelo. Tantos años de practicar este rito me provocó
sensibilidad en los dientes pues el ácido de estas
frutas me dejó expuesta la dentina, comencé
a sentir dolor ante el frío o el calor, además
de empezar a notar una zona oscura en la base de mis dientes.
Diagnóstico del dentista: sensibilización del
cuello de los dientes. Tratamiento; sellar el cuello con láser
para así perder esa sensibilidad y recuperar el color
blanco de mis dientes desde la encía.
Y es así como llegamos a los implantes dentales, los
que fueron sucediéndose uno a uno hasta llegar a tener
5 hermosos tornillitos de titanio en mi boca. El implante
dental permite recuperar una pieza perdida, mediante la implantación
de un tornillo de titanio en el hueso maxilar, y reponerlo
a través de la recuperación protésica
cuando el implante se encuentra integrado al hueso.
El primero llegó de la mano de Papá Noel, al
masticar un riquísimo turrón de alicante se
partió una muela y el dentista dijo: no se salva, hay
que sacarla pero cuando cure la herida se puede colocar un
implante dental.
Que pánico la primera vez que me ordenaron sacar una
muela, eso debe doler mucho! pensé yo, para no asustarte
te dicen que no duele, la anestesia, la mano del dentista,
el cuidado post extracción, deberían hacer de
una extracción un casi ni me doy cuenta. Todos cuentos
chinos! DUELE pero hay que aguantárselo, encima que
te sacan un diente de tu propiedad y con el cual has compartido
tantos años y asados, hay que aguantarte un dolor de
mil diablos.
Pero en el mundo actual tenemos la panacea y si, digo la
panacea porque después de una extracción, el
implante dental es el cielo.
Me devolvieron el diente que perdí y sabes que, es
mejor! Jajaja!, el implante no tiene caries ni las va a tener.
Se va a ver siempre blanquito y con la forma perfecta.
Mi segunda extracción fue consecuencia de mi gusto
por las nueces, distraída mordí un pedacito
de cáscara de nuez, que hizo un ruido de mil truenos,
se partió mi segunda muela y por supuesto la misma
prescripción del dentista: no se salva, hay que sacarla.
Y ahí va mi segundo implante dental.
Pero ya tenía menos miedo, ya era una experta en extracción
de molares, cuidados y ni hablar de que iba a hacer con el
espacio sin diente, por supuesto que tenía la solución:
un implante dental.
Luego un tratamiento de conducto dejó las paredes
de una muela muy finas y dijo el odontólogo: se va
a partir hay que hacer perno y corona. Pero saben que?: no
llegó, se partió antes, por supuesto fisura
vertical y de nuevo la bendita prescripción: hay que
sacarla no se salva, pero no hay que preocuparse, podemos
poner un implante dental.
A estas alturas había adoptado al implantólogo,
como mi odontólogo de cabecera, era Dios, podía
devolverme lo que el dentista me sacaba y mejor, además
el implante dental no duele. Nada duele en el consultorio
del implantólogo, que ni siquiera tiene el odioso torno
y su ruido. No acá no hay dolor, aquí solo te
devolvemos la sonrisa dice el afiche de la sala de espera.
Que debo tener poco calcio y se me ha aflojado un diente anterior,
que no se puede volver a fijar cuando la raíz pierde
fuerza, y otra vez la tan temida prescripción: hay
que sacarlo, no se salva, pero este también se puede
reponer con un implante dental y por lo comprometido estéticamente
de la pieza se puede colocar en la misma cirugía de
extracción. Realmente esto fue un gran alivio, me torturaba
mucho pensar en tener que enfrentar al mundo sin mi diente
incisivo.
Y ahí va mi cuarto implante dental, donde me sacaron
mi diente flojo. Ahí sí agarró con muchísima
fuerza ese mini tornillo de titanio.
Hoy después de 5 implantes dentales, algunos brackets,
blanqueamientos varios, láser para la enfermedad periodóntica
y algún perno y corona, ya no le tengo miedo al dentista.
Voy sin temores pues ya aprendí que siempre hay una
solución, hasta cuando se pierde una diente se puede
recuperar con un implante dental.
A veces me pregunto si pasaré los controles de metales
de los aeropuertos. Tengo mi boca llena de titanio, de metal,
de muy caro metal traducido en implantes dentales, que soportan
mis hermosas muelitas. Pero no se ve, nadie lo ve, todo lo
contrario, es una hermosa dentadura, pero de utilería,
es el gran secreto que compartimos con mi implantólogo.
A los 55 años y después de unas cuantas horas
gastadas en consultorios odontológicos, tengo una boca
funcional y estéticamente PERFECTA!